Hemos visto en
Fundamentos del arte I que la religión de la antigua
Babilonia incluía ciertas prácticas que podrían englobarse en una especie de prostitución sagrada.
En efecto, el culto a
Ishtar, la diosa de la fertilidad y el amor, era justo lo opuesto al culto a una figura santa del catolicismo o el Islam, porque
Ishtar no solo era la diosa del amor carnal, protectora de las prostitutas, de las personas transexuales y de las aventuras sexuales extramaritales, sino que, además, sus sacerdotisas ejercían la
prostitución sagrada (cobrando por hacer el amor un dinero que acababa en las arcas del templo, para su mantenimiento) y,
según algunas fuentes, también era frecuente que, al menos una vez en su vida, las mujeres babilonias se entregaran en el templo al primer hombre que llegase, aunque esta
hierogamia (
matrimonio o
unión sagrada) hay
historiadores que la niegan, ya que se basaría en la