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sábado, 17 de febrero de 2018

El triángulo azul: los presos antifascistas españoles en los campos de concentración nazis

Símbolo de los presos españoles antifascistas de Mauthausen
Estamos viendo en clase, en Fundamentos del Arte II, tanto las manifestaciones artísticas como la simbología de los regímenes totalitarios.
En el caso de los regímenes fascistas es interesante sacar del baúl del olvido algunos símbolos cuya memoria se debiera recuperar y refrescar. Porque la gente conoce, en general, los símbolos fascistas más comunes (que muchos descerebrados se encargan de pintar en las paredes de nuestras ciudades de vez en cuando), como la esvástica o el fasces italiano, pero hay otros que se crearon para humillar a colectivos humanos y que se han convertido, con el tiempo, en seña de identidad o en motivo de orgullo.
Sistema de símbolos de los campos nazis

De hecho, los campos de exterminio nazis eran tan eficientes para cumplir su tarea que cada grupo estaba bien identificado con un sistema de símbolos: los judíos, en general, llevaban cosido un triángulo invertido amarillo, los gitanos (de los cuáles fueron exterminados alrededor de medio millón de personas) lucían un triángulo marrón invertido, los Testigos de Jehová uno morado, los presos políticos uno rojo, etc. El triángulo negro estaba reservado a las personas con conducta aberrante, como anarquistas, lesbianas, drogadictos, retrasados mentales, etc. Cuando, además, la persona afectada era judía, este triángulo se superponía a otro amarillo, resultando así una estrella de David.
Triángulo rosa, símbolo LGTBI
Quizás el más conocido de todos ellos es el triángulo rosa invertido, ya que a partir de los años 70 del pasado siglo se convirtió en uno de los símbolos del movimiento LGTBI, aunque hoy día goza de mayor popularidad la bandera arcoiris.

El más desconocido de estos símbolos es el que afectó a los presos españoles antifascistas en los campos de exterminio nazis. Se calcula que solo en Mauthausen, que era conocido como el campo de los españoles, pasaron más de 7000. Por lo general, los presos españoles llevaban un triángulo rojo con una S (inicial de Spanier, español en alemán), pero en Mauthausen lo llevaban azul, ya que, siguiendo las instrucciones del general Franco, estos presos no podían considerarse españoles, sino apátridas. Hoy día, muchos antifascistas siguen luciendo con orgullo este distintivo que, paradójicamente, recuerda al emblema de Superman.
http://terriblescriaturas.blogspot.com.es/2016/10/el-largo-viaje-de-un-triangulo-azul.html
Si queréis investigar sobre el tema, podéis leer el libro del escritor, historiador y arqueólogo Bienvenido Maquedano titulado El largo viaje de un triángulo azul, donde explica el periplo vital de su abuelo, Hipólito Maquedano, luchador antifranquista de El Puente del Arzobispo, uno de los españoles que murió en el campo de exterminio nazi de Gusen.

Campos de exterminio nazis durante la IIª Guerra Mundial

jueves, 26 de noviembre de 2015

La educación en la Alemania nazi.

La educación en Alemania e Italia durante el periodo fascista-nazi cambió varios aspectos de la educación que afectaron en gran medida a los estudiantes, variando muchos de los métodos tradicionales practicados hasta entonces. Esto afectó notablemente al establecimiento de una nueva simbología, establecida sobre todo en la moda, el modo de vida y los estilos sociales y culturales.

Durante los primeros años hubo en Alemania un importante crecimiento de las organizaciones juveniles no adscritas al partido nazi. Pero a partir de 1936 se prohibieron aquellas organizaciones que no fueran del partido. Finalmente, en 1939, "empezó a exigirse la afiliación a las Juventudes Hitlerianas de todos los menores de origen racial decente" [1] de manera obligatoria. Las Juventudes Hitlerianas tenían un sistema de adoctrinamiento que iniciaba a todos los jóvenes de la nación en un entrenamiento militar. Sus uniformes anulaban la individualidad y enaltecían el nacionalismo alemán y la doctrina ideológica nazi.


Así, se estandarizó la educación de forma igualitaria para todos los estudiantes; cambiaron las asignaturas a impartir, ofreciendo una enseñanza bajo los indicadores nazis; se usaron nuevos métodos de enseñanza, como el cine; la

viernes, 1 de abril de 2011

La balsa de La Medusa

Hace unos años publiqué este artículo en una revista de mi pueblo. Hoy, en clase, viendo la pintura romántica francesa, me he acordado de él y por eso lo comparto con vosotr@s. Además, nos viene al pelo, por lo que está pasando en la isla italiana de Lampedusa. A veces me avergüenzo de ser europeo...
LA BALSA DE LA MEDUSA

 De entre las muchas obras cumbre del arte que se pueden admirar en el parisino Museo del Louvre destaca una de 1819 del pintor romántico Théodore Géricault titulada La balsa de La Medusa.
Esta enorme pintura, tanto por sus dimensiones (mide siete por cinco metros) como por su calidad pictórica, está basada en una truculenta historia que agitó la conciencia de la sociedad francesa de la época.
En 1816, tras la derrota de Napoleón y la restauración de los Borbones en el trono francés, una fragata, La Medusa, naufragó a unos 150 kilómetros de la costa del Senegal (en aquella época territorio galo). Como el total de los 400 navegantes no cabía en los botes salvavidas, el capitán decidió que éstos fueran ocupados según el rango de la tripulación, dando preferencia a oficiales y aristócratas. El resto, unas 150 personas entre marineros, sirvientes y soldados rasos, fue trasladado a una balsa construida con madera de la fragata que sería remolcada por los botes. Sin embargo, al poco tiempo, los aristócratas comprobaron que remolcar la balsa les entorpecía la marcha, así que decidieron cortar las amarras y abandonar la balsa a su suerte.
Los botes alcanzaron la costa sin dificultades, pero la balsa de La Medusa quedó a la deriva; sin víveres, sin remos, sin agua potable, pronto el hambre, la sed, la insolación y la enfermedad se enseñorearon de tan precaria embarcación durante 52 días, al cabo de los cuales sólo 15 tripulantes fueron rescatados con vida, de los que 5 murieron al poco tiempo. Los diez supervivientes difundieron por toda Francia los terribles hechos, relatando tanto el infame acto de los aristócratas de La Medusa como la serie de calamidades que ocurrieron a bordo de la balsa, donde se llegó al asesinato, la enajenación mental, el suicidio e incluso al canibalismo.
El conocimiento de tales noticias causó gran ira y revuelo en la población francesa, que vio en aquellos hechos la personalización de lo repugnante de quienes desprecian hasta el extremo la vida de aquellos a quienes consideran inferiores. El cuadro de Géricault provocó tal vergüenza entre la nobleza que un grupo de ellos intentó comprar el lienzo para destruirlo, aunque la famosa obra se salvó, paradójicamente, al ser adquirida por el propio rey para la colección real.
Aún hoy, casi 200 años después de aquellos hechos, nos sentimos conmovidos por esa historia. Sin embargo, por ironías del destino, en los últimos años no una sino cientos de balsas de La Medusa se dirigen desde el Senegal a las costas españolas cargadas de seres humanos desesperados, desfallecidos, en condiciones infrahumanas, muchos de ellos encontrando la más indigna de las muertes. Sin embargo, muy al contrario que los franceses de hace dos siglos, escuchamos cada día en el Telediario esas noticias sin inmutarnos, sin conmovernos, como si no se tratara de seres humanos.
Puede que no nos queramos parar a reflexionar que nosotros, los españoles del siglo XXI, quizás somos como aquellos aristócratas que, para salvar sus vidas, arrojaron a la muerte a decenas de personas que suponían un lastre para su marcha. De la misma manera, nosotros nos negamos a acoger a las personas que arriban a nuestras costas porque pensamos que supondrán un lastre para nuestra economía. No hace falta más que escuchar cualquier conversación en el bar, en la consulta del dentista o en el despacho del pan: la gente no piensa en estos seres desesperados como en seres humanos con tanta dignidad como nosotros mismos, sino que se queja de que ocuparán puestos de trabajo, acudirán al médico o supondrán un gasto para los servicios sociales. Ni siquiera nos paramos a pensar que quizás dichos emigrantes en realidad no nos vienen a robar nada, que vienen a ocupar los peores puestos de trabajo, que contribuyen al sostenimiento del sistema de pensiones o que dinamizarán nuestra economía gracias a su consumo, alquileres, compra de bienes, etc.
Lo que queremos es que nuestra riqueza, nuestro nivel de vida, no baje ni siquiera una milésima por culpa de estos negros y moros a quienes consideramos inferiores. Como los aristócratas de La Medusa, preferimos cortar las amarras de la balsa que tememos que lastre nuestro futuro. Y con este acto, abandonamos a miles de seres humanos a la desesperación y la muerte.